“Naamán era el
comandante en jefe del ejército del rey de Aram. Era un hombre muy estimado por
su señor; era su favorito porque por su intermedio había Yavé dado la victoria
a los arameos. Pero ese hombre valiente era leproso. (Sin entrar en detalles, Naamán
fue a buscar a Eliseo pues le dijeron que este hombre de Dios podría curarlo.)
“Fue pues
Naamán con sus caballos y su carro y se detuvo a la puerta de la casa de
Eliseo. Eliseo le mandó decir por medio de un mensajero: «Vé a bañarte siete
veces en el Jordán y tu carne será como antes y quedarás sano». Naamán se enojó
y se fue diciendo: «Yo pensaba que saldría a verme en persona, que invocaría el
nombre de Yavé su Dios, que pasaría su mano por la parte enferma y que me
libraría de la lepra. ¿No son los ríos de Damasco, el Abna y el Parpar, mejores
que todos los de Israel? ¡Me habría bastado con lavarme allí para sanarme!»
“Muy enojado dio media vuelta para irse. Pero sus
sirvientes se acercaron y le dijeron: «Padre mío, si el profeta te hubiera
pedido algo difícil ¿no lo habrías hecho? ¿Por qué, pues, no lo haces cuando
tan sólo te dice: Lávate y quedarás sano?» Bajó pues y se sumergió en el Jordán
siete veces, tal como le había dicho el hombre de Dios. ¡Y después de eso su
carne se volvió como la carne de un niñito; estaba sano!” 2 Re 5, 1 y 9-14
Mi niña, hoy seré Yo quien te hable. ¿Estás lista?
Mi madre, María, cuando llegó el Ángel a anunciarle mi
llegada, no fue a pedir permiso a su padre o a su futuro esposo. Ella dijo que
sí, porque ella era una mujer virgen, es decir, independiente, no conocía -ni
reconocía- hombre alguno. Así es el alma, una mujer que cuando sabe decir sí,
lo dice sin preguntarle a la razón -que es la cualidad que nos hace “hombres” a
todos, y piensa en términos convenientes. El alma no piensa en lo conveniente.
Ella siempre dice sí cuando de la vida se trata.
Cuando mi padre, José, se enteró de que yo venía en
camino, quiso huir y dejarla sola. Y ella sabía que lo haría, porque dada la cultura
y el tiempo -no tan distinto al hoy, lamentablemente-, no podría haber hombre
que tuviera el valor de reconocerla si no era reconocido primero como el
“padre”. Así somos los hombres, y los hombres -y mujeres- de Dios no son
diferentes. El hombre necesita el reconocimiento de su acción, de su conquista,
de su ser.
Ahora, mira lo que sucedió con Naamán. Su soberbia
masculina estuvo a punto de condenarlo a vivir con lepra por siempre.
Afortunadamente para él, sus sirvientes fueron más sabios, y él le bajó a su
soberbia y los escuchó. Esto es algo muy grande, eh. Estamos hablando del
comandante de un ejército. Tú sabes que no cualquier comandante escucha a sus
subordinados. Estén o no en lo correcto, generalmente el puesto se impone y a
un comandante nadie le dice lo que tiene que hacer.
Pero Naamán no era un comandante cualquiera. Era un
hombre que sufría. No se puede vivir con lepra y no sufrir. Era cuestión de
tiempo para que todo lo que tenía se le arrebatara. La lepra lo consume todo,
incluyendo el respeto que te puedan tener y el amor que te puedan mostrar. La
lepra representa todo mal crónico, físico, emocional o espiritual. Naamán era
un hombre que conocía el sufrimiento, -fue su alma la que se sometió, porque el
alma es sensible al sufrimiento- y ese deseo de librarse de su sufrir fue lo
que le permitió someterse a la falta de respeto que implicó para un comandante
de ejércitos que un hombre como Eliseo le mandara decir el remedio, en lugar de
ir a verlo y decírselo en persona.
Y no sólo eso, fue su alma la que se sometió al grado de aceptar un remedio tan absurdo como bañarse siete veces en el agua de un río que en nada era mejor a los ríos que él conocía. Así que, su alma se sometió al absurdo de la sencillez del remedio. A veces, nuestros pesares son tan fuertes, tan totales, tan incapacitantes, que creemos que necesitamos remedios enormes, complicados y sofisticados. Pero no, la gran mayoría de los remedios son simples rutinas que vale la pena seguir, sobre todo cuando se trata de limpiarnos, lavarnos, librarnos de pesares y tristezas, incluso de alegrías en extremo, todo deja su huella en nosotros y a todo le tenemos de decir adiós llegado el momento o viviremos con eso sobre la carne y la memoria por siempre, aferrándonos a lo que en realidad nunca fue nuestro.
Y no sólo eso, fue su alma la que se sometió al grado de aceptar un remedio tan absurdo como bañarse siete veces en el agua de un río que en nada era mejor a los ríos que él conocía. Así que, su alma se sometió al absurdo de la sencillez del remedio. A veces, nuestros pesares son tan fuertes, tan totales, tan incapacitantes, que creemos que necesitamos remedios enormes, complicados y sofisticados. Pero no, la gran mayoría de los remedios son simples rutinas que vale la pena seguir, sobre todo cuando se trata de limpiarnos, lavarnos, librarnos de pesares y tristezas, incluso de alegrías en extremo, todo deja su huella en nosotros y a todo le tenemos de decir adiós llegado el momento o viviremos con eso sobre la carne y la memoria por siempre, aferrándonos a lo que en realidad nunca fue nuestro.
Verás, la vida se vive y se deja ir. La vida, por más
que nos encanta pensar que es “nuestra vida” no es nuestra. Nosotros somos
suyos y lo que ella quiere es que la asumamos libre, no nuestra. La vida es como
la mujer virgen, no conoce ni reconoce hombre, es ella y dice sí a lo que sea
que tenga que vivir. ¿Lo notas? No hay nada más triste que una mujer sometida
que no es libre de ser quien es y vive a la sombra de un hombre. Tampoco hay
hombre más lamentable que aquel que somete su alma a la conveniencia de estar
al frente de todas las situaciones, en lugar de permitirse ser eso que es: un
alma sensible y vulnerable. Ambos están en buena medida medio muertos, medio
vivos.
Mi madre, María, le dijo sí a la vida y no se preocupó
de si era suya o de José o de Dios, era vida. Tomó esa vida, pero no para sí
misma. La vivió en toda su intensidad y toda su pasión, y llegado el momento,
tuvo que dejarla ir, y no sólo al momento de mi muerte, cada etapa, cada día,
tuvo que dejarme ir y permitirme vivir lo que fuera que tuviera que vivir. La
fuerza femenina es la que nos da el valor de enfrentar la vida y también
dejarla ir. La fuerza femenina se somete a la vida, no somete la vida a ella.
Por eso, María, mi madre, supo dar un sí y no dudó a pesar de que sabía que
José -hombre al fin- la dejaría. Y mi padre, José, estuvo a punto de dejarla.
Pero fue en un sueño que logró escuchar a su alma -sólo en la inconsciencia de
la masculinidad se puede ser tan lúcido- y tomó la vida y la hizo tuya. La vida
es un regalo, pero necesitas asumirla y hacerla tuya. Mi padre se levantó de
ese sueño y corrió a ver a mi madre y a decirle: soy tuyo. Cuando aceptas la
vida, la vida te toma también. Y ella fue suya.
Y mira, no fue ella la que lo buscó y le suplicó que
la ame. Él se sometió a la vida que ella le daría con su presencia, amor, y
entrega total. Mi padre fue un hombre con una sensibilidad muy femenina y una
determinación muy masculina. Supo escuchar y responder. Estoy muy orgulloso de
ser hijo de mi padre y de mi madre.
Bien, pues ha llegado la hora, mi hermosa niña, de que
dejes de esperar que los “hombresde Dios”, la iglesia, los grupos, la sociedad
en general, te asuma. No lo harán. Eres una mujer con lepra, y quizá puedan
aceptarte un rato, pero asumirte nunca.
Y sin embargo, la vida se te ha dado y te he visto
luchar por ella, creer en ella, esforzarte al extremo por ella, pero aún no te
he visto asumirla con el sí que necesito. Este deseo de morir presente y
constante en tu vida es… muerte. Y sin importar todo lo que te esfuerzas, no se
va. Pero es precisamente eso lo que lo mantiene aquí: Quieres que se vaya. Pero
mira, te voy a sugerir un cambio de mentalidad. Te conozco y para ti las ideas son
agua, y yo voy a darte hoy una idea -agua- de vida. Vas a bañarte en esta idea
todos los días de tu existencia. Se va a convertir en tu rutina diaria. En tu
actuar constante. En tu oración más bella.
Digamos que esta “depresión y ansiedad” es la vida que
te tocó vivir. Lo acabas de leer hace poco: el componente genético de este tipo
de condición es indiscutible y se puede perfectamente nacer con esta tendencia.
(1)
He aquí lo que te pido: Dile sí a esto que vives. Ya
no lo resistas. Dile sí y vive con ello. Que tu deseo de morir se manifieste
todos los días en tu actuar. Me explico: cada que termines una acción, una
rutina, despídete de ella porque la has dejado morir. La has llevado a su
término. Cada que te sientas triste, siente la tristeza y deja que muera. Cada
que sientas miedo, sólo observa lo que hace en tu cuerpo y deja que pase, sólo
déjalo pasar y déjalo que muera. Cada que te sientas triste llora y llora y
llora y no lo juzgues y no te sientas mal por estar triste, déjalo morir en
cada lágrima. No laves los trastes, ni barras el piso, ni limpies el patio o
laves el baño, mata la mugre y los microbios que hay en ellos, mata el desorden.
Vive tu vida matando cada instante. Lavándolo con el agua que te brindo y
dejándolos morir. Cada día que vives es un día que mueres. Y cada día que te
permites morir y ser exactamente esa persona complicada y hermosa que eres,
vives.
No te resistas al mal. Ese “mal” no es malo. Es sólo
una característica de tu ser y te ha hecho mucho más fuerte porque te ha
obligado a ser vulnerable y a someterte a todo lo que la vida ofrece: miedo,
afecto, tristeza, enojo y alegría. Y has sido capaz de llevar todo eso al
extremo de tu lucha masculina y tu sometimiento femenino. Vivir esa
contradicción es… es vivir y morir todos los días de tu vida.
Ya no quieras ser lo que todos te piden que seas:
“feliz”. Hace tiempo que lograste verlo: Aquello de “Dios quiere que seas
feliz” es una mentira. Yo quiero que seas tú. Esto que tú eres es bellísimo. No
necesito que seas feliz, necesito que seas tú y que me permitas estar contigo:
en las buenas y en las malas, y en las más o menos también. Te necesito porque
te amo. No cubres necesidades mías, yo no necesito más que tu presencia. Y si
me dejas estar en ti, te enseñaré a estar contigo y con otros. Seremos
comunión. Pero sin ti, no puedo ser la comunión que somos, por eso eres
necesaria. No importa cuántas personas te hagan creer que no importas y no eres
necesaria: lo eres. Todos y cada uno de nosotros lo somos. Tienes toda la razón: esto de ser Iglesia, Cuerpo
Místico, es “personal” y cada persona tiene que saberse única, esencial y
necesaria. Pero dejemos ya de intentar convencerlos. El Cuerpo Místico del que
formamos parte no tiene denominación ni templo que lo contenga. Es mucho más
grande que eso.
Así que de ahora en adelante báñate todos los días en
esta agua de vida que es permitirte morir un día más. Cada que termines algo,
cada que logres algo, cada que incluso sólo intentes algo, has muerto a la idea
de que eso que eres y haces no es suficiente; lo es, todo lo que haces es
suficiente y muchas veces es incluso mucho más de lo que pudiéramos desear. Tú
vives en Mí, para Mí, por Mí. Recuérdalo: “Sólo Dios basta”, sólo Yo basto.
Voy a insistir en esto: recuerda vivir en la
convicción de que eres todo lo que necesitas ser para ser amada completa y
totalmente por Dios, por Mí y por mi Espíritu de Comunión. Tú, mujer, eres y
has sido siempre parte de esta Iglesia Universal, aunque ningún “hombre de
Dios” lo asuma, ni lo reconozca. Nunca han sido ellos los que imponen “el
Espíritu”. El Espíritu es mío y sólo mío para dar. Y yo, te asumo mía. Tú eres
mía. Esa convicción será tu pan diario, y la muerte constante en una vida que
se asume será el agua viva que te lavará de todo pecado y toda certeza, de toda
incapacidad, de toda exigencia que no logras cubrir, incluso de toda alegría,
que la felicidad también puede ser condena en tanto no toque la realidad que
pisa. Y, recuérdalo, lo harás siempre. Cada instante es "siempre". Cada instante
que mueres te permite vivir cada instante.
Jesús, Jesús, Jesús, gracias. Te amo.
(1) “En mayo
pasado se publicó en la revista Nature un metaanálisis genético,
coautoría de alrededor de 300 científicos de 161 instituciones de diversos
países, donde se comparan los resultados de estudios realizados en 135,458
casos de TDM y 344,901 controles.
“El resultado fue
que se encontraron nada menos que 44 genes asociados directamente a la
depresión. Treinta de ellos no se conocían antes. Además, hallaron otros 153
que pueden tener cierta influencia en el padecimiento.
“En ese sentido,
preguntarse por el riesgo de padecer depresión «es como preguntarse qué tan
altos somos. Todos tenemos ciertos genes que determinan qué tan altos somos. La
depresión es más compleja, pero hay tantos componentes genéticos que es
imposible no tener algunos de ellos. La pregunta es, entonces, cuántos tienes»,
comenta a Newsweek en Español Gerome Breen, investigador del Departamento de
Genética Social y Psiquiatría del Desarrollo del King’s College de Londres y
uno de los coautores principales del estudio.”
Para mí, en lo
particular, esto me brinda tranquilidad en el sentido de que ya no “tengo” que
ser algo que quizá no puedo dejar de ser. Puedo aprender a ser como soy e
incluso potencializarlo, sin dejar de ser como soy.
Velazquez,
Elizabeth C.; Lino, Manuel. (2018, Julio 22). Depresión: en el 2020 será la principal causa de discapacidad en México.
Animal Político. Tomado de: https://www.animalpolitico.com/2018/07/depresion-2020-discapacidad-mexico/?fbclid=IwAR2bd3aYysOWvaxbcFZvgXOJ0Uu_MU2R-Ojqf2GOFmqwYgPZjFynaQttX0Q
Foto tomada de: https://mundomarfan.wordpress.com/2014/11/30/cuitas
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